Hace pocas semanas llegó
a Uruguay un primer grupo de refugiados de la guerra en Siria, 42 personas de
cinco familias, que habiendo vivido los horrores de la situación bélica en su
país natal, lograron huir al vecino Líbano. Ahora, apuestan a una nueva vida,
gracias a una iniciativa humanitaria de Uruguay. El desafío no es sencillo y
habrá aún que lidiar sin duda con numerosos obstáculos. Pero se está dando una
oportunidad de una vida mejor a gente para la que seguramente, en determinado
momento, el horizonte parecía totalmente oscuro.
Uno de los grandes
propulsores del proyecto es Javier Miranda, director de Derechos Humanos del
Ministerio de Educación y Cultura, que también viajó al Líbano de antemano para
conocer a la gente en cuestión.
Hace pocos días, pudimos
disfrutar de una conversación con él sobre este tema, un resumen y análisis de la
primera etapa -sabiendo que aún hay varias más por el camino-.
La entrevista es
publicada también en «Semanario Hebreo».
UN PRIMER RESUMEN
PRÁCTICO
Javier ¿cómo vas
resumiendo todo este proyecto impresionante de traer a los refugiados sirios a Uruguay?
¿Cómo te estás sintiendo con esto?
El proyecto salió muy
bien en general, salió de acuerdo a lo que veníamos planificando. Tuvimos
suerte también, porque hicimos algunas previsiones y nos salieron bastante
bien. Primero: traer hasta 120 personas -que era lo razonable-; segundo:
traerlos en dos etapas, no traer a toda la gente junta. En esta primera etapa
vinieron 42 personas, son cinco familias nada más, lo que nos permite ajustar.
Pasada la etapa de lo
realmente emocionante, hasta de euforia, ahora viene la etapa de aterrizaje y
empiezan a verse las situaciones concretas. Hasta hace 15 o 20 días nosotros
pensábamos que venía un conjunto de 42 personas, y hoy tenemos propiamente
cinco familias que son distintas, con distintos orígenes y distintas inquietudes.
Y dentro de cada familia empezás a ver las individualidades.
Claro, ya no es el grupo
de «los refugiados sirios», algo amorfo sin nombre y apellido.
Ahora son Juan, Pedro,
María.
Bueno… seguramente
Muhammad, Ahmed, Ziad… Bromas aparte… cada uno ya tiene su propio rostro y
personalidad distinguible…
Claro… Eso nos exige
ajustar los dispositivos que teníamos preparados, que tienen que ajustarse a la
realidad que se está presentando. Creo que venimos muy bien, pero por supuesto
que permanentemente ajustando los mecanismos. En particular porque en este
momento hay 42 personas que están conviviendo en la Casa San José, en el hogar
de Los Maristas. Y toda convivencia tiene sus complejidades, desde temas de
comida a horarios, acostumbrarse a rutinas comunes de gente que no es
necesariamente amiga, que no se conocía antes y que ni siquiera es del mismo
origen.
Y ni que hablar que de
por medio hay también un tema de idioma…
Pues te diré que el
proceso de aprendizaje del idioma español es excepcional.
Para los chiquilines más
que nada, ¿no?
Como era esperable, para
los niños y los adolescentes especialmente. Las maestras nos dicen que superan
incluso las previsiones que ellas habían hecho de su capacidad de aprendizaje.
Así que cuando vaya los
voy a poder entrevistar en español…
No creo que tanto… pero
bueno… Realmente (se están adaptando) muy bien. La parte de capacitación
laboral recién la estamos iniciando, estamos previendo esta semana tener las
primeras conversaciones en ese sentido. Está muy bien la parte de recreación y
estimulación de los chiquilines. Estamos en un proceso muy bueno. Ya quedan
sólo muy pocas semanas para que estas familias empiecen a radicarse en
distintas localidades del país, así que estamos viendo el proceso de
radicación, los lugares y las oportunidades laborales que se van a generar.
¿Hay alguna idea a dónde
van a ir?
Sí, tenemos una idea. Te
diría que para cada una de estas cinco familias tenemos por lo menos un plan A.
En algunos casos estamos pensando en un plan B. Porque acá se genera una
tensión: por un lado, las oportunidades que podemos brindar no son infinitas.
No puedo decirle: «¿Usted qué prefiere: vivir acá o allá?, ¿trabajar en
esto o en lo otro?», las ofertas que tenemos son acotadas. Por otro lado
tampoco podemos imponerles «Usted va a vivir aquí y va a trabajar en
esto».
O sea que hay que ir
dialogando con las familias.
¿Por dónde los van a
radicar? ¿En el Interior o en Montevideo?
En los dos lados. Pero
siempre en centros poblados, nunca en lugares aislados ni abandonados. En el
medio del campo seguro que no, pero algunos vinculados a producción rural…
¿Dependiendo de lo que
hacían en Siria?
Sí, relacionado con lo
que ellos declararon, e incluso con las charlas que están manteniendo en estos
días con trabajadores y psicólogos viendo un poco cuáles son sus posibles
orientaciones. Porque hay una familia en la que hay dos muchachos que tienen
estudio universitario, entonces parece razonable darles la oportunidad de que
se queden en Montevideo para que puedan retomar sus estudios universitarios. No
va a ser el año que viene, pero esperamos que sea lo más pronto posible. Hay
que dar esa oportunidad en un país donde además la universidad es gratuita.
¿Ellos plantean o ustedes
le preguntan algo relacionado al deseo de que se mantengan algunas familias
juntas?
No apareció ese tema de
que quieran permanecer en la misma localidad dos o más familias. Lo que sí
surgió es alguna inquietud del tipo «A mí no me gustaría irme al
campo», porque evidentemente tienen perfil ciudadano y no deberían ir al
campo. Es bastante evidente. Por otro lado hay otro jefe de familia que me
decía: «Yo hago todo lo que sea trabajar en la tierra», es claramente
un perfil agrario. Yo todavía le tomaba el pelo y le preguntaba: «¿Se
anima a trabajar con vacas?», y me dice: «Yo prefiero trabajar con
ovejas, pero si hay que trabajar con vacas trabajo con vacas». «¿Se
anima a ordeñar?», lo voy desafiando, porque sé además que seguramente tengamos
oportunidades laborales en tambos, entonces lo venía preparando para decirle:
«Mirá, tengo la posibilidad de trabajo en tambo, ¿por qué no te venís para
este lado?»
O sea que hay un mar de
detalles prácticos concretos en los que pensar…
Así es.
LA EMOCIÓN DE LA AYUDA
Javier, vayamos un poco
hacia atrás… Antes hablaste de «emoción». Aunque no tengo que ser
adivina para saber la respuesta… ¿qué es lo que emociona?
Uno juega con la razón
pero también con el corazón. No puede no jugar con el corazón. Es más, a veces
tiene que cuidar un poco el corazón y tener la cabeza más fría cuando está
planificando una operación de este tipo. Pero el ser consciente de que uno está
dando una mano a algunas personas que han sufrido mucho a uno lo conmueve, la
expresión de las familias diciéndote: «Yo confío en vos», realmente
es brutal. Cuando ves a los chiquilines te das cuenta de que esto tiene mucho
sentido humano.
Pensaba que 120 personas
es nada con respecto a la crisis en Siria, porque hay tres millones de
refugiados registrados por la Agencia de la ONU para los refugiados (Acnur),
hay un 1.2 millones refugiados en el Líbano solamente, y nosotros traemos 120
personas.
En El Talmud se dice que
«Salvar una vida es salvar un mundo entero».
Exactamente, ese es el
razonamiento. Yo decía: «Esto es una gota en el océano», pero el
océano está hecho de gotas. Lo otro es que en los grandes números 120 en 1.2
millones, que es la situación en el Líbano, seguramente sea nada, pero para
cada una de estas familias es el 100 %.
Y para cada familia si un
hijo muere -Dios no lo permita- perdió el mundo.
Exacto, eso es brutal.
Cuando uno da, no sólo
ayuda al que recibe… sino que se está enriqueciendo a sí mismo… ¿Qué le
hace esto a Uruguay a tu criterio?
Justamente te iba a
mencionar los gestos formidables acá en Uruguay. Creo que una de las cosas
notables que tiene esto es la solidaridad que hemos podido canalizar, que
tenían y tienen muchísimos uruguayos que realmente te lo muestran. Desde un
señor cualquiera que te dice: «Yo tengo una chacra y estoy dispuesto a
darla para que esta gente pueda vivir y trabajar. Se la presto por seis u ocho
años, no tengo problema».
Qué hermoso…
«Y mire, la casa
está un poco fea, yo la puedo arreglar». Y le respondo: «No, no, pará
que la arreglamos nosotros». Eso te conmueve. La cantidad de
manifestaciones de solidaridad es formidable, los gestos de la gente, del
barrio cuando llegaron. Nadie los llamó, pero vinieron solos, por su
iniciativa. Pintaron cartulinas que decían «Bienvenidos» en español y
en árabe, y a una señora le preguntaron cómo hizo… Y resulta que ¡lo googleó
y lo copió! ¿Entendés? ¡Es brutal! Esas cosas te conmueven. Te mueven con el
otro. Eso es conmoverse: moverse con el otro.
¿Ya aprendiste algo de
árabe con todo este emprendimiento?
«Yalla yalla»,
que es «Vamos, vamos por favor»…
Te diré que se usa
también en hebreo, pero en efecto es árabe, algo así como moviéndose, apuren…
Te diré que ha sido un
proceso desde el punto de vista humano, fantástico. Y con algunos gestos
especiales…
¿Por ejemplo?
El presidente Mujica es
un personaje. El sábado dijo: «Tengo unos zapallos y unas conservas de
tomate y con la vieja no los vamos a comer porque hicimos mucho», y fue y
llevó sus zapallos… yo ni estaba. Es un gesto muy de gente, muy de persona,
que es muy valioso. Por eso te digo: tiene un enorme sentido este proyecto.
Precioso… Esto a ellos
los salva, pero también enriquece a la sociedad que los recibe…
Exactamente, a eso iba.
Lo primero es que vos tenés a 120 personas que les das una oportunidad de
retomar un proyecto de vida, de volver a creer y creer que hay futuro y que
tiene sentido el futuro. Pero a nosotros nos hace mucho bien.
LAS PREOCUPACIONES
¿Tenías en algún momento
temores de que algo no funcionara? Es que la buena intención no alcanza ¿no?
Te diré que en todo caso,
las preocupaciones las seguimos teniendo. Un período crítico sin dudas era el
viaje, por eso decidimos acompañarlos. Perfectamente podíamos haberlo dejado en
manos de la Organización Internacional de Migraciones, que se portó
excepcionalmente bien. Fue la que se encargó de todos los aspectos logísticos,
de encontrar a las personas en sus casas en el Líbano, desde hacer un chequeo
de salud de cada una de las personas y tener sus historias clínicas, hasta llevarlos
en agosto cuando hicimos las entrevistas al norte de Beirut.
Nosotros optamos por
acompañarlos incluso en el avión porque era un momento crítico, es un viaje muy
largo para personas que nunca en su vida se habían subido a un avión, que
además se subían a un avión no para hacer turismo sino dejando atrás 14.000
kilómetros de distancia y probablemente para toda la vida.
Claro, porque se salvaron
de la guerra pero por otro lado es irse de su mundo.
¡Claro! Dejaron familia,
amigos, historias. Quizás alguno pueda volver, ojalá vuelvan y ojalá puedan
hacerlo pronto, cuando se termine esa guerra estúpida -como todas las guerras-
pero nada hace prever que el conflicto en Siria se resuelva rápidamente.
En los primeros
encuentros ¿dirías que se podía percibir en esta gente que había vivido la
guerra?
No. Cuando hablabas con
ellos no…Yo diría que más que nada, estaban viviendo una situación difícil en
Líbano. De inestabilidad… no quiero decir de exclusión porque no quiero ser
injusto con los libaneses que tienen una situación terrible. En una población
de algo más de 4 millones de personas hay 1.2 millones de sirios, que además
están en todo el país, no están en campos de refugiados.
Y con toda la tensión que
hay dentro del Líbano…
Por supuesto… Evidentemente
la situación es muy compleja. Eso a nosotros nos llevó a que decidiéramos que
la gente a reasentar fuera refugiada en Líbano y no en Jordania o en Turquía.
Es que así, también ayudábamos a Líbano.
¿Cuándo llega el resto?
En principio habíamos
previsto que llegaran a finales de febrero pero estamos viendo cuál es el mejor
momento.
ENTRE EL DURO PASADO Y LA
ESPERANZA DE EXITOSA INSERCIÓN
¿Qué tendría que pasar
para que digas «Esto fue un éxito»? No es sólo que todos consigan
trabajo y tengan casa, ¿no?
A ver… lo que pasa es
que es muy difícil eso. A mí me encantaría, por un lado, que dentro de seis,
ocho o diez años esos chiquilines estén insertados en Uruguay, que hablen
español… Uno tiene esa ansiedad de ver que efectivamente sean un uruguayo más,
que se hayan insertado y hayan podido desarrollar su vida. Eso sería
fantástico. Y también, que alguno pudiera volver a caminar por Alepo, Homs o
Damasco… eso también sería un éxito.
Pero claro que eso ya no
depende de Uruguay… Javier ¿esta gente habla algo de lo que vivieron?
No, muy poco. En todo
caso esa tampoco es mi función. Nosotros tenemos un equipo de acompañamiento
familiar integrado por un psicólogo y un trabajador social, que acompaña a la
familia, va viendo cómo se siente y la va orientando en temas laborales y
culturales. En todo caso esa transmisión viene más hacia ahí y me parece que es
una tarea técnica que hay que cuidar. También hay un tema de equilibrio que es
cómo ayudo pero no sobreprotejo, no paternalizo o no me convierto en una «idishe
mame»… Ese es un equilibrio siempre delicado.
Estuviste muy ocurrente
con la comparación…
UN DESAFÍO: LA SEGURIDAD
Se trata pues de hacer el
bien, sabiendo que hay que tomar en cuenta mucha cosa en el camino… temas
complejos seguramente…
Por supuesto. Hay, por
ejemplo, temas de seguridad.
Cuando tengo un conflicto
en Medio Oriente, cuando tengo grupos fundamentalistas islámicos que hacen
actos terroristas indefendibles y ponen en jaque la viabilidad de la vida en la
región, se crea una situación por la que , por ejemplo, amigos míos me
plantearon: «Pero loco ¿vas a traer musulmanes?»
Algo así como «¿Para
qué te metés en eso?»
Claro, y me lo dijeron
amigos míos judíos y no judíos, de todos los colores. De derecha y de
izquierda. Sea como sea, te diré que nosotros tomamos medidas de seguridad.
¿Podés entrar en
detalles?
No, pero seríamos unos
irresponsables si no lo hiciéramos. Las medidas de seguridad pasan desde Acnur,
que no refugia a cualquiera, hasta el gobierno libanés que tampoco te deja ir
así nomás, y algunas otras.
Yo no puedo meter una
célula terrorista en Uruguay. Lejos quiero eso. Creo que es fundamental y
además hay que decirlo, no hay que tenerle miedo a decirlo. Y yo con esto no
estoy diciendo que todos los musulmanes son terroristas, porque no lo son.
Pero que tengo que tomar
medidas de seguridad, claro que sí. Por lo menos no tengo que ser ingenuo. Se
tomaron.
LA CRÍTICA
Javier, quisiera
plantearte también un aspecto más polémico de todo esto. Como bien sabemos este
emprendimiento se abrazó cruzando partidos y sectores, pero también surgieron
voces críticas que dijeron: «yo no tengo trabajo» o «no tengo
casa», «¿por qué ellos la pueden recibir y yo no?» ¿Cómo hay que
contestar a ese argumento?
Lo primero: que es legítimo,
porque además nos lo planteamos todos: ¿Está bien esto? Damos una mano,
oportunidades de trabajo y acceso a la vivienda a un montón de gente, ¿y qué
pasa con los nuestros? Está ese dicho, que también usamos mucho: la caridad
empieza por casa. No sé, no estoy tan seguro. Me acuerdo de cuando mi mamá me
rezongaba cuando yo era adolescente y me decía: «Estoy harta de esto de
que van a hacer la revolución en la calle y acá en casa no se lavan ni la taza
de leche», porque yo iba a trabajar a los cantegriles con los jesuitas y
después dejaba la taza de leche arriba del mármol y mi vieja se ponía furiosa.
No sé, pongamos que la caridad empieza por casa, pero en todo caso no termina
en casa, eso seguro, de eso sí estoy convencido.
Creo que estamos
intentando hacer un montón de cosas en Uruguay, se ha avanzado muchísimo. Desde
el punto de vista social seguimos teniendo dificultades pero hemos avanzado
enormemente, una cosa no excluye a la otra. El hecho de que demos una mano a
algunas personas tan lejanas geográficamente -pero sólo geográficamente- no nos
impide que seamos solidarios y que hagamos un enorme esfuerzo hacia Uruguay.
Por otro lado, creo que
esto nos sirve también para multiplicar la solidaridad dentro de Uruguay. ¿Por
qué yo puedo lograr este nivel de solidaridad con familias sirias y por qué no
termino logrando lo mismo con Uruguay?, ¿qué nos pasa a los uruguayos y qué le
pasa a la conducción del gobierno que no somos capaces tal vez de sintonizar
esa solidaridad que está presente?
Y no es sólo porque ellos
vinieron de la guerra y uno siente que es urgente ayudarlos. ¿Hay algo más de
fondo?
Algo de eso también hay.
Por supuesto, no hay peor experiencia que la guerra, ¿qué les voy a contar a
ustedes?, no hay peor tragedia que la guerra porque es la irracionalidad, es el
sinsentido. Pero el despliegue de solidaridad, no digo que sea unánime, pero
sin duda es mayoritario.
Las voces críticas además
son buenas, porque sino uno se marea con los aplausos, es un problema.
EL APOYO DEL COMITÉ
CENTRAL ISRAELITA
Javier, cuando llegaron
estas cinco familias sirias, me encantó ver una foto, que reproducimos también
en la entrevista, que les tomaron a ti, con el ministro Ehrlich y Sergio
Gorzy…
Justamente, una de las
cosas de las que yo me siento orgulloso, y esto lo digo porque además a
conciencia de que estoy hablando para el Semanario Hebreo, es que la comunidad
judía, que el Comité Central Israelita institucionalmente diga: «Nosotros
apoyamos al proyecto». ¡Es formidable!
El día de la recepción me
bajo del auto con el canciller (Luis) Almagro y le doy un abrazo a Sergio
Gorzy. Y eso que él había tenido intercambios con Almagro bastante subidos (de
tono). Esto demuestra que más allá de las discusiones políticas, que las
podemos tener, cometemos errores, nos criticamos y está bien, es parte del
debate, mientras el debate sea racional, hay cosas en las que nosotros somos
capaces de unirnos más allá de religiones, identidades partidarias y formas de
ser.
Es super valioso. Además
del Comité Central Israelita hay comunidades judías, católicos, evangélicos,
metodistas, valdenses… En Juan Lacaze nos recibe el cura de la Iglesia
Católica y el pastor valdense, además del director del hospital y la maestra de
la escuela… y qué sé yo. Eso es formidable.
Javier, me imagino que
todo esto que comentás, tanto sobre el Comité Central Israelita como sobre
comunidades religiosas… te alegra, pero no por eso te sorprende…
No, no sorprende porque
creo que todos están convencidos de que acá no hay segunda jugada. No estamos
buscando ningún rédito político partidario. Uruguay tiene algunas
manifestaciones de solidaridad social muy fuerte cuando creo que la población
ve que acá no hay una segunda intención. Que se juega con el corazón limpio, y
creo que Uruguay tiene una enorme potencia en eso. Tenemos que aprovecharlo,
hay que saber canalizarlo. Yo no lo sé canalizar pero creo que esto es una
muestra de una posibilidad de canalizar el ser bueno.
Javier Miranda: Dar y recibir
04/Nov/2014
Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski